La comunicación que algunas empresas dedican para dar a conocer sus productos o servicios hacia sus compradores y la apariencia que esta exhibe no siempre se ve reflejada a su interior.
El despliegue publicitario, arquitectónico, promocional y de medios muchas veces contrasta radicalmente con el ambiente laboral interno que muchas veces compite con el de un juzgado.
La cuestión no es solamente de decoración o de carteleras. La existencia de dos personalidades dentro de la misma empresa es un problema de fondo, estructural y que compromete la visión de la empresa por parte de sus directivos.
Muchas empresas ya tienen claro el manejo del cliente interno y externo y en esta medida propenden por el desarrollo interno de la empresa y el clima organizacional como otra herramienta para su productividad. De esta manera es congruente la actitud de la empresa tanto en los ambientes administrativos y de producción como los de venta y exhibición, utilizando para cada uno los medios y lenguajes apropiados.
Cuando la publicidad o en general la comunicación pasa de ser una herramienta para exponer los atributos de un producto o un servicio a maquillar, disfrazar, esconder o simplemente aparentar lo que ofrece, pone en evidencia la desconexión entre los publico y lo privado de esa organización.
De esta desconexión, pueden surgir varias posibilidades:
- La generación de productos o servicios realmente malos lo cuales, si no acaban pronto con la empresa, generarán una espiral descendente que la acabará más tarde.
- La creación de productos aceptables y hasta buenos que le permiten posicionarse en el mercado pero con un desarrollo interno que irá minando sus procesos y dificultando su potencial para hacerle frente a los retos y cambios que obliga la competencia.
- La visión “financista” del negocio donde la productividad está las máquinas y que los operarios de todos modos tienen que trabajar porque de todos modos de eso viven.
- La utilización de la publicidad como posible salvación para mejorar ventas a pesar de los climas hostiles o desmotivados que pueden existir a su interior.
En medio de estas posibilidades está la más frecuente que es la de acabar con los gastos de publicidad porque no se está vendiendo, o empresas que por muchos años les han comprado sin necesidad de publicidad. Es allí, cuando llega la competencia, cuando les dejan de comprar, y caen en cuenta que realmente nunca organizaron o motivaron las ventas, simplemente se dedicaron a esperar los compradores.
Cuando eso ocurre, la solución inmediata está en medidas superficiales y es allí cuando entra en acción la publicidad, tratando de mostrar algo que si bien puede ser cierto en el producto no lo es en el espíritu mismo de la empresa. Si realmente no hay un cambio interno esa “cura” pronto va a caer, se asumirá que la publicidad no sirvió y se perderá el cliente.
Lo ideal es que los cambios surjan de adentro y que de allí toda la comunicación que surja de la empresa sea no una apariencia sino una expresión real traducida en productos o servicios de calidad. Sin embargo estas transformaciones no siempre se dan y menos si no hay conciencia interna del problema, como los drogadictos o alcohólicos que para iniciar su tratamiento primero deben reconocer su problema.
En estos casos, la comunicación puede convertirse en un catalizador que impulse a la empresa a realizar cambios. Es como en los “cambios extremos” donde personas con baja autoestima al ver un cambio en su apariencia externa deciden generar cambios internos. Para lograr esto, la creación de piezas publicitarias debe obedecer a estrategias de comunicación que involucren a las diferentes áreas de la organización, de tal forma que interactúen con ellas, obtengan reconocimiento y generen sentido de pertenencia. Esto generará un hincha productivo de la empresa y una comunicación fluida y efectiva tanto para la generación de campañas como para la proyección de las mismas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario